Caspar Friederich

El caminante sobre mar de nubes” (1818)

Caspar David Friedrich (1774-1840)

Óleo sobre tela (74.8 cm. x 94.8 cm.)

Kunsthalle de Hamburgo (Alemania)

Friedrich  concibió aquí la naturaleza infinita, triste, opresiva, solitaria y silenciosa. El hombre, representado de espaldas, inmóvil y extasiado, se pierde en una paisaje místico, en el que la idea de Dios está  presente en la magnitud de este escenario natural y  el encuentro de la tierra con el cielo, la ausencia total de ruidos y el carácter efímero que parece dar a la existencia. Su paisajismo no real, sino líricamente imaginado y soñado, se basa, paradójicamente, en el conocimiento minucioso de la naturaleza y de sus fenómenos. La obra de Friedrich es visionaria y muy bien podría relacionársela con el presurrealismo.

 Desde el punto de vista artístico es posible considerar al Romanticismo como una actitud espiritual, un estado de ánimo y una manera de sentir, como diría Baudelaire. Nacido en el seno mismo de la tendencia clasicista, con la que contrariamente convive y pugna,  el Romanticismo impone el movimiento de la curva frente a la recta neoclásica, lo pictórico a lo lineal, la agitación del alma y hasta la contradicción al equilibrio espiritual y la moderación, el individuo en lucha constante contra sí mismo, la sociedad y la adversidad demoniaca  al héroe semidivino mítico de origen clásico.

   Se ha singularizado al Romanticismo por la búsqueda de lo medieval frente a la cultura grecorromana. Las épocas más desconocidas o las más heroicas despertaron la atención del hombre romántico. Ya desde el siglo XVII y ,sobre todo, durante la segunda mitad de la centuria de las luces, el arte medieval y ,de una forma especial, el gótico por su reconocida vinculación con los países del norte de Europa había importado a las personas cultas. Sin embargo, a partir del último tercio del dieciocho se prestigia eruditamente. Así, las formas góticas eran comparadas con las ramas de los árboles y se las relacionaba de este modo con la naturaleza en un momento durante el cual se aviva  el interés por el paisaje. El gótico parecía sensación y libertad creativa frente al racionalismo dogmático del sistema clásico, estimulaba la sensibilidad romántica constituyendo un vínculo con Dios.

   Las artes figurativas vivieron, sobre todo en Alemania e Inglaterra, un resurgimiento del paisaje, género que hasta entonces había sido frecuentemente desdeñado y considerado como secundario. Suele tener a la figura humana como centro y una intención moralizante. Pero lo que realmente se trataba de expresar por medio de estos paisajes eran los sentimientos y pensamientos personales. Todo ello determinó que se le diera preferencia a determinados temas, aquéllos donde parecía manifestarse un movimiento desencadenado por la naturaleza: cascadas, incendios, tormentas, mares embravecidos, abismos, crepúsculos, soledad, silencio, etc. La interpretación dada por los pintores de la naturaleza resulta muy diversa. Así, en base a un sistema representativo naturalista, unos aportaron a sus cuadros un carácter simbólico y hasta visionario, a veces místico (Friedrich), a veces dramático y dinámico en el que se advierte cierto preimpresionismo (Turner), y otros realista y sereno (Constable).

De igual forma, en el paisajismo romántico la Historia se halla también presente por medio de las representaciones de escenarios, sobre todo medievales. El colorido parece desbordar al dibujo y el movimiento físico y psíquico se impone a la quietud y a la serenidad. Se retorna a los principios compositivos barrocos, adquiriendo auge el sentido naturalista, realismo formal necesario para reflejar mejor los estados anímicos, lo excepcional y hasta lo horroroso. Se presta más atención a las emociones que a la función didáctica. Frente al individuo o individuos concretos que protagonizan la gesta, el pueblo anónimo, la muchedumbre son los considerados y la desgracia, el hecho trágico y patético, el desastre se equiparó al glorioso en tanto en cuanto tiene capacidad para emocionar, surgiendo ahora el concepto nacionalista de la historia y su consiguiente reflejo en el arte.

   También durante la primera mitad del siglo XIX se puso de moda la representación del tema exótico, oriental y pintoresco en la pintura europea. Es la época de los viajes por efecto de las mejoras experimentadas en los medios de transporte y del espíritu aventurero del Romanticismo. Delacroix, tras su viaje a Marruecos en 1832, introdujo así el asunto en su obra. En España Fortuny, corresponsal de la guerra hispano-marroquí en 1860, inició su serie de temas exóticos seducido por la luz norteafricana.

   Los artistas visionarios, en plena época de la razón, transformaron la realidad traspasando los límites racionales para llegar a la plasmación de la visión, de lo fantástico y lo onírico tanto en sus cuadros como, sobre todo, en sus grabados. . Sus principales obras fueron hechas en las décadas críticas de finales del siglo XVIII y principios del XIX, durante las cuales el Neoclasicismo parece mezclarse y hasta confundirse con el Romanticismo. Artistas como el inglés Blake, el suizo residente en Inglaterra Füssli y el español Goya se encuentran entre los  más representativos que se opusieron a la normativa clásica y a su concepción de belleza universal y única al ofrecer un nuevo espectáculo en sus obras, basado en la fantasía, lo sensible, la diversidad de la realidad y, a veces, hasta en la representación de lo feo, lo horrible y la pesadilla, elementos que  entremezclan las formas realistas y las fantásticas, con significados simbólicos y de interpretación muchas veces ambigua.

“Bailar en la cuerda floja” (1910), Kees van Dongen (1877-1968)

   Cuando la funambulista realizaba su número circense desplazándose con pies cadenciosos sobre la fina cuerda a la que parecía acariciar con las suelas de sus zapatillas de baile, pensó que si había algo que le procuraba una exagerada sensación de seguridad, de certidumbre, de profundísima familiaridad era precisamente el hecho de encontrarse en la cuerda floja.
http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?f=53&t=11680

   Una mujer sentada

  Madelaine Lemarie

Madeleine Lemaire (1845-1928), francesa. Pintora de escenas costumbristas, naturalezas muertas y flores, dentro de un estilo académico. Trabajó tanto el óleo, el pastel como la acuarela. Ilustró libros como “Los placeres y los días”, de Proust. Alumna de Charles Chaplin, pintó en forma sutil y delicada. Fue una especialista en cuadros de flores, en especial, de rosas. Las tertulias en su casa le dieron gran fama y contacto con los principales intelectuales y artistas de su tiempo.

Dentro de las actividades del año dual España-Rusia 2011 se presentó en San Petersburgo el pasado 25 de febrero “El Prado en el Hermitage”, exposición que mostró un conjunto de 66 pinturas representativas de las escuelas española, italiana y flamenca que permitieron admirar la importancia histórica y artística de la colección del museo español. Este proyecto y diálogo entre museos culmina con la exposición en Madrid “Tesoros del Hermitage” (8 de noviembre de 2011 – 26 de marzo de 2012). El museo peterburgués, buque insignia de las pinacotecas rusas, desembarca en El Prado con casi 180 obras maestras que han salido por primera vez de San Petersburgo y podrán contemplarse de forma excepcional todos los días de la semana, ocupando todas las salas de exposiciones temporales de su ampliación. “La generosidad ha sido desbordante” explica Miguel Zugaza, director del Museo del Prado y aclara que la organización “no ha sido nada fácil”, aunque la exposición supone “un verdadero travelling por la historia del arte”.

El Hermitage, impulsado por el coleccionismo del zar Pedro I y de la zarina Catalina la Grande, es uno de los museos más grandes, y espectaculares, del mundo. La historia del Hermitage se inicia con Pedro el Grande, cuando adquirió varias obras de arte, entre las que se encontraban David despidiéndose de Jonatan, de Rembrandt y La Venus de Táurida. Se considera que el museo nació oficialmente en 1764, cuando un comerciante berlinés envió 225 cuadros a Catalina II en pago de unas deudas. Al recibirlos, Catalina quiso que su galería no fuera superada por las colecciones de otros monarcas y comenzó a comprar casi todo lo que se vendía en subastas europeas. El Palacio de Invierno, que pasó a formar parte del museo en el años 1922, fue durante dos siglos la residencia principal de los zares. Hoy en día, El Hermitage ocupa cinco edificios unidos: el Palacio de Invierno, el Teatro de Hermitage, el Hermitage Pequeño, el Hermitage Viejo y el Nuevo Hermitage. Sus colecciones abarcan piezas arqueológicas de Egipto, un viaje por las culturas siberianas, escultura neoclásica, hasta obras maestras post-impresionistas de Matisse o Picasso. Según aclaran desde el Museo del Prado, “es una de las pocas instituciones mundiales que puede ofrecer un contenido verdaderamente enciclopédico”.

Los retratos de los emperadores, Pedro I, Catalina II y Nicolás I; y los cuadros de las espléndidas vistas de interiores del palacio y sus al rededores serán los encargados de recibir al visitante al inicio de la exposición. Esta visión palaciega de los orígenes del Hermitage se completará además con una selección de muebles y trajes de corte en otra sala de la muestra.

“Este pequeño Hermitage” muestra una colección de orfebrería griega, donde destacan las piezas de “el oro de los escitas”, pueblos nómadas que viajaban a través de la estepa siberiana. Una de las joyas más significativas es el maravilloso Peine con escena de batalla, que data del siglo IV a.C. Otra de las piezas singulares es el Vaso de flores en cristal de roca, oro y diamantes del joyero de la familia real, Carl Fabergé (1846-1920).

Esta fascinante exposición también abarca un importante número de obras maestras de la pintura, la escultura y el dibujo. Como el San Sebastián de Tiziano, el Tañedor de laúd de Caravaggio- única pintura del artista milanés que atesora el museo ruso-, el Almuerzo de Velazquez, o dos pinturas de la colección de Rembrandt de la numerosa tanda que expone el Hermitage. Entre las esculturas destaca la creación de Antonio Canova, la Magdalena penitente, una de sus obras maestras en mármol.

La muestra no deja de lado las obras de genios del impresionismo y el post-impresionismo, como Monet, Cezanne, Renoir, Gauguin o Matisse, este último con dos pinturas, Juego de bolas y la célebre Conversación.

De Picasso se muestran tres cuadros, entre ellos Mujer sentada y Bebedora de absenta. Completan la espléndida selección, dos iconos de la vanguardia abstracta rusa: la Composición VI de Kandindky y el misterioso Cuadrado negro de Malevich.

http://www.museodelprado.es/exposiciones/info/en-el-museo/tesoros-del-hermitage/

Y para seguir la cobertura completa de la noticia en todos los medios podéis consultar el siguiente enlace:

http://news.google.es/news/more?ds=n&pq=el+hermitage+en+el+prado+&hl=es&sugexp=ppwl&cp=36&gs_id=3&xhr=t&q=el+hermitage+en+el+prado&gs_upl=&bav=on.2,or.r_gc.r_pw.,cf.osb&biw=1440&bih=771&wrapid=tljp132074928101020&um=1&ie=UTF-8&ncl=dQpEbTEy5OFAtNM2r40o0JTAVStGM&ei=3gi5TrPAO87V8QPMraTGBw&sa=X&oi=news_result&ct=more-results&resnum=1&sqi=2&ved=0CCsQqgIwAA

Napoléon franchissant les Alpes

Napoleón cruzando los Alpes, 1800

 Jacques-Louis David  

 Óleo sobre lienzo, 272 x 232 cm

Primera versión de Versalles

     

Este magnífico retrato ecuestre  de Napoleón pertenece a una serie de cinco lienzos que realizó Jacques-Louis David por encargo del rey Carlos IV de España y mediación del embajador  francés, Charles-Jean-Marie: el del Palacio de Charlottenburgo, la Primera y Segunda versión de Versalles, la de Belvedere y la versión de la Malmaison.  La principal diferencia, y que más los distinguen, son los diferentes caballos que sirvieron de modelo: la yegua “la Belle” que está representada en la versión de Charlottenburgo, y el famoso gris “Marengo” que aparece en los de Versalles y Viena. Enumeraremos algunos más como, por ejemplo, que en el óleo de la Malmaison somos observados por un rostro juvenil mientras que en los lienzos de Charlottenburgo y la Segunda versión de Versalles el Primer Cónsul aparece con rasgos más maduros y severos; igualmente, reparar en que unos lienzos aparecen firmados y fechados y otros no, e incluso la primera versión de Versalles no registra firma. Otros detalles que los distinguen son que el color y tonos de la capa que envuelve al jinete van desde los anaranjados a los rojizos; diferentes arreos en los caballos, pudiendo aparecer o no la martingala; mayor o menor profusión en los bordados del uniforme que viste Napoleón, estilos del bicornio. En la misma línea, mencionar que los paisajes, para los que sirvió de modelo los Grabados de Voyage pittoresque de la Suisse, son unos más oscuros, como sucede en la Primera versión de Versalles, y otros más luminosos.

El planteamiento compositivo está perfectamente estudiado como instrumento de propaganda iconográfica política y del mismo Bonaparte. Aparece montado sobre un brioso corcel con el uniforme de General en Jefe, luciendo un bicornio con ribetes de oro, y armado con un sable de estilo mameluco. Está envuelto en los pliegues de una gran capa que ondea al viento y resalta su figura. Su cabeza está girada hacia el espectador, y hace un gesto con su mano derecha hacia algo que está delante suyo,  el gesto no deja duda de la voluntad del comandante de conseguir su objetivo, no indica la cumbre, sino más bien muestra al observador la inevitabilidad de la victoria y al mismo tiempo ordena a sus soldados que le sigan, la mano desnuda puede indicar que Napoleón deseaba aparecer como un pacificador más que como un conquistador. La mano izquierda sujeta las riendas de su caballo de combate que se encabrita y alza sobre sus patas mientras el viento le sacude la cola y las crines, el mismo viento que infla la capa. En el fondo una línea de soldados intercalados con la artillería avanzan a través del desfiladero. Nubes oscuras cuelgan sobre la imagen y en frente de Bonaparte las montañas se alzan bruscamente. En el mismo primer
plano que ocupa la figura del General, sobre las rocas, está grabado: BONAPARTE, ANNIBAL y KAROLVS MAGNVS IMP. Sobre el peto del caballo, está datada y firmada la pintura. El esquema pone de manifiesto la estructura compositiva que se encuentra basada en formas geométricas simples. El sujeto principal encaja en un círculo delimitado por la cola del caballo y el borde de la capa. El pomo de la espada está en el centro de este círculo. Napoleón y su caballo describen la forma de una Z, dotando de dinamismo a la escena, y las diagonales de las montañas y las nubes se oponen entre sí, reforzando la impresión de movimiento. A pesar de los aspectos dinámicos de la composición, la escena aparece estática, debido principalmente a la iluminación con la que David resaltó al protagonista.

En estos retrato David reveló su habilidad en el género del retrato ecuestre, sorprendiendo la monumentalidad del conjunto, las dimensiones del caballo y jinete, que ocupan prácticamente todo el lienzo. Pero sorprende también  el reducido espacio en el que se apoyan las patas del caballo, el breve pero profundo trecho de “escenario” que tiene como fondo las cumbres alpinas de paredes ilusorias que, con sus tonos blanquecinos y restos de neveros, resaltan el volumen del protagonista. Esta pintura demuestra las posibilidades de que disponía el artista para continuar la tradición colorista de Rubens, trayéndonos ineludiblemente a la memoria aquel caballo que pintase el artistas flamenco en la “Caza del Tigre” de 1616. Esta iconografía no es novedosa, los retratos ecuestres de generales, príncipes, reyes y emperadores se remontan al Renacimiento italiano, y se inspiran en las esculturas de la Roma imperial, especialmente en la del emperador Marco Aurelio. Durante los siglos del absolutismo tendrán singular éxito los retratos regios sobre caballos en posición de corveta. El lienzo de David supone una revisión de esta iconografía, a la que se añade ahora la dimensión heroica del modelo.

Napoleón quiso, con este retrato, conmemorar el triunfo de las tropas imperiales de 1800 en Marengo, batalla que se libró contra el Imperio Austríaco por el dominio del suelo italiano. David ilustra e interpreta este episodio histórico identificándolo con la imagen heroica de Napoleón. El momento que capta es el paso del ejército francés a través del desfiladero alpino de San Bernardo, guiado por un victorioso Napoleón a lomos de un brioso corcel árabe, que representa la revolución, mientras él como sereno jinete, personifica la paz. El futuro Emperador de Francia quiso mitificarse al modo de los antiguos héroes clásicos, tales como Carlo Magno que cruzó el mismo desfiladero en 773 persiguiendo a los lombardos o Aníbal en 218 a.C. en su avance hacia las puertas de la mismísima Roma. Ambos nombres, escritos debajo del de “Bonaparte” en una roca del ángulo inferior izquierdo de la composición, refuerzan el simbolismo propagandístico diseñado por la maquinaria imperial. Se sabe que Napoleón cruzó este desfiladero en burro en vez de uno de sus caballos de batalla, tal como se hizo retratar, pero la gran mentira histórica reside en el mismo acontecimiento bélico de Marengo donde Napoleón fue tomado por sorpresa, algo totalmente único e inesperado, y porque fue salvado de la derrota por la oportuna llegada del general Desaix al comienzo de la tarde. Se cuenta que al llegar vio a Napoleón organizando la retirada, y tras ver la situación dijo:” Esta batalla está perdida, pero aún hay tiempo para ganar otra” y se lanzó al contraataque al frente de sus tropas. Desaix fue el verdadero vencedor de Marengo pero su muerte durante el combate le sirvió a Napoleón para manipular la gloria del general y acallar su desastre, atribuyéndose el éxito personal de la batalla. Éste es el punto en que el arte funcionaba como un instrumento de la política, alterando una realidad. De este modo, la misión de persuadir al espectador de su triunfo funcionaba, creándose una verdad conveniente para Napoleón en su camino hacia el poder unipersonal, la hegemonía francesa y la expansión del ideal revolucionario por toda Europa. Se buscaba mediante la imagen promover un ideal político, para lograr así, una hegemonía del poder.

David creó, gracias a Napoleón, un género nuevo de imagen heroica para la que Bonaparte posaba de mala gana y poco, dándole, a su manera una lección de estilo: “La semejanza no la da la exactitud de los rasgos o un granito en la nariz. Lo que hay que pintar es el carácter de la fisonomía, lo que la anima… Nadie se pregunta si los retratos de los grandes hombres se parecen. Basta que en ellos se encuentre su genio”. Así vio David a Bonaparte, como el embajador de la Revolución, seducido y fascinado por quien consideraba su héroe, se convirtió en su pintor oficial, remitiéndonos con sus retratos y pinturas
conmemorativas a la era o mito napoleónico. Desde los preámbulos a La Coronación y a la derrota. Y, aunque muchas de estas telas sean pamphlets propagandísticos, no podemos ignorar la importancia no sólo artística sino documental e histórica que comportan.

El Cumpleaños, 1915.

Marc  Chagall

Oleo sobre tela, 81×98 cm.

Nueva York, Museum of Modern Art, Lillie P. Bliss Fund.

   En esta composición, ocupando  el eje central del cuadro, creando una especie de remolino y dividiéndolo en dos partes iguales, aparecen representados dos personajes, uno masculino a la derecha, Chagall, autor del cuadro, y a la izquierda otro femenino, Bella, esposa del artista. Se trata de una escena de amor, con Marc envolviendo en su vuelo a la joven Bella, a la que se acerca y murmura algo al oído. Acaba de recibir de su joven amante un ramo de flores, él se lo ha regalado por su cumpleaños.

Pocos objetos llenan la estancia aunque encontramos infinidad de detalles que hacen que la vista vaya y venga del cuadro continuamente. Sobre la mesa roja y con tapete azul, el bolsito de Bella, un plato y un vaso,  y el pastel listo para ser cortado. No tiene velas, obedeciendo este detalle  a la falta de tradición en Vitebsk, pueblo ruso natal de la pareja, de no ponerlas en las tartas de cumpleaños.   Dos mantones de Bella colgados por la pared, salpicados de motivos geométricos y pequeñas flores. Observamos también parte de un cuadro, una mesa baja cubierta por un alargado tapete rameado y una pequeña banqueta circular tapizada en negro.

Detrás de la mesa se abre una ventana, adornada con una pequeña cortina, desde la que se ve una calle del pueblo con una iglesia, la parte derecha tiene una apertura para poder airear la habitación. En la otra ventana, la que podemos observar sobre el mantón izquierdo, vemos una escalera de emergencia. Cada una de las aberturas al exterior muestran diferentes momentos de luz, en la que hay sobre la mesa es casi de noche, mientras que la otra nos ciega con su luz, pero esto no importa a Chagall, es su forma de expresar cómo el tiempo, en este instante de felicidad, no existe ni tan siquiera lo ven pasar. Obedece también a un deseo de representar el mundo en movimiento, al que no quiere inmovilizar con su pintura.

El cumpleaños de Chagall es una obra  poética y llena de símbolos, en la que destaca su profundo conocimiento expresivo del color, denso y con fuerza, como un aura mágica. El color  organiza las ideas, formas y ,en definitiva, el mensaje del cuadro.  No atiende a estilo alguno, son utilizados según su propio interés. Es por su contenido, näif y surrealista; por la elección de los signos, simbolista; por la técnica de ejecución, expresionista.  Desordena, modifica la realidad, dispersándola en todas direcciones. Para expresar su amor y cariño, pinta besos, abrazos y ramos de flores. Para expresar lo que es alegre y lo que llega de repente, pinta sus figuras volando. Para expresar sus pensamientos, organiza una serie de formas y figuras que surgen desde cualquier sitio.

Chagall evidentemente es un pintor de estados de ánimo. Aquí nos trae uno de los grandes temas de la vida, el amor, pintado desde lo cotidiano, sintetizando en formas y colores la incontenible felicidad de la pareja, un mundo que parece iluminarse con su amor. Se trata, en definitiva, de un brindis a lo que se dice cuando se es feliz: “creo enloquecer”, “me parece estar volando”, “estar en el cielo”…

A propósito de esta pintura, recuerda Bella: “Tú te arrojas sobre la tela, que tiembla entre tus manos, coges el pincel, aplastas los tubos de pintura (…) de pronto me alzas del suelo (…) tú saltas hacia arriba, te extiendes en toda tu longitud y vuelas hacia el techo (…) Te acercas a mi oído y me murmuras algo (…) Las paredes, adornadas con mis chales variopintos, ondean a nuestro alrededor y hacen que la cabeza nos dé vueltas”.

Francisca Zurita Corbacho

Las bañistas. 1918. Óleo sobre lienzo. 26.3 x 21.7 cm. Musée Picasso. París (Francia)

En este pequeño óleo, lo primero que capta toda la atención del espectador son las extrañas proporciones de las tres figuras femeninas de la composición, estilizadas y colosales, escultóricas y de poses audaces. Nos encontramos ante “Las Bañistas”, donde Picasso nos presenta dos figuras femeninas en traje de baño sobre la arena de la playa, mientras otra, un poco más allá, ondea su pelo al viento. La primera de ellas, con bañador color malva, se nos muestra de espalda, con la cabeza girada a la derecha sobre un potente cuello y medio perfil, a la izquierda de la vertical dorsal, con sus dos manos se escurre el resto del agua que permanece en el cabello tras el baño, la pierna derecha descansa sobre la arena mientras que la izquierda, flexionada, soporta el peso y equilibrio del cuerpo. La siguiente figura, con traje de baño carmesí, yace descuidada en una diagonal cuyos extremos lo componen su brazo izquierdo, en una flexión imposible, y la pierna derecha extendida completamente, la joven está adormecida sobre una pequeña elevación que se insinúa sobre la arena, una toalla que sujeta con su mano derecha protege el redondeado rostro del sol, su pierna izquierda doblada en ángulo recto descansa sobre la blanca arena de la costa. El centro de este trío femenino, y que reclama mayor atención, tanto por parte del autor como del espectador, es, sin duda alguna, la muchacha que en despreocupado ademán e imposible torsión corporal, con bañador verde agua rayado en blanco, introduce los dedos de ambas manos entre los mechones de su larga cabellera negra en ademán de sacudirla al aire, bien para secarla o bien para eliminar el resto de arena del mismo, el brazo izquierdo enmarca un rostro que se  gira en riguroso perfil y absoluta desproporción hacia el sol del luminoso día. Hacer notar que los rostros de las bañistas van ganando en detalles y expresividad conforme avanza la composición de derecha a izquierda.

Un paisaje marino rebosante de aire y luz, dominado al fondo por el faro de Biarritz, es la excusa utilizada por Picasso para enmarcar a “Las Bañistas”. El renovado interés  del pintor malagueño en esta época por los dibujos realistas a menudo lo llevó a copiar fotos y postales que encontraba o le enviaban algunos amigos, como es el caso de esta instantánea que capta la línea de costa del Cabo deMiguel, con el faro al fondo. En el paisaje aquí pintado domina la línea recta, dividiendo el cuadro en tres franjas horizontales. La que cubre la zona superior del pequeño cuadro está dominada a la derecha por el escollo del Cabo con el faro sobre su punta y unas nubes blanquecinas que quedan patentes tras la silueta vertical del mismo, otras tantas aparecen difuminadas ocupando el resto de un cielo brillante y pleno de luz y color. En la franja intermedia, un velero con vela triangular completamente blanca y desplegada es mecido por un apacible brisa marina, a su derecha se adivinan dos escollos rocosos donde van a romper las olas y la izquierda de esta zona, repleta de agua marina, es irrumpida bruscamente por un roca oscura de la arena de la playa que contrasta fuertemente entre ésta y el verde de la inmensidad del horizonte marino. Por último, la franja horizontal inferior es ocupada por las bañistas sobre la arena de la playa. La joven que se nos muestra de pie participa de estas tres franjas espaciales y le sirve a Picasso como elemento divisorio vertical del contenido figurativo del óleo, el paisaje marino y las otras dos figuras, de modo que este conjunto llena casi completamente la zona derecha del cuadro, dejando prácticamente vacía su izquierda.

Picasso pintó “Las bañistas”en 1918 durante su estancia en Biarritz donde se encontraba de luna de miel con Olga Koklova, bailarina rusa del ballet de Diaguilev. El Picasso de Biarritz está enamorado y sereno, pleno de vigor y creatividad, queda fiel reflejo en sus telas y plasma en ellas la intensidad de sus emociones. Las pinturas de Picasso nos transmiten todo lo que sentía y vivía, sobre todo, en lo referente al amor. Éste  va a constituirse en el hito que va a delimitar un estilo y el siguiente: cada vez que el genial artista se enamora, cambia su estilo pictórico.

En esta obra se observa un estudio del movimiento que representó para Picasso un deseo de reanudar, tras la Primera Guerra Mundial y como consecuencia de su estancia en Italia en 1917, el dialogo con el mundo clásico. Poco importa que rechace un ideal prefabricado de belleza. Lo importante es que se interesa de nuevo por el uso de formas escultóricas e imágenes que reflejan grandiosidad y figuras robustas, pesadas. Aquí creó bañistas infladas e informes, donde no existe corrección anatómica sino pura deformación por un fin estético, con cabezas muy pequeñas y grandes cuerpos, así como en actitudes corporales imposibles de realizar. Picasso ablanda los huesos para que los miembros de las figuras obtengan un aspecto sinuoso, alarga los cuellos, los brazos, verdaderos protagonistas de la escena, captan el momento vital de cada una de ellas  y   unos pies diminutos, apenas dibujados, rematan unas rotundas piernas. En este sentido, Picasso declaraba haber aprendido de Ingres el modo de descomponer y recomponer a su gusto el cuerpo humano (este tratamiento heterodoxo del cuerpo fue algo que jamás comprendió la crítica del siglo XIX, que tachó a Ingres de pintor excéntrico. Véase como ejemplo “El baño turco”, “La bañista de Valpinçon” o “La Gran Odalisca”).

“Las bañistas” de Biarritz de Picasso inspiraron e influyeron en la visión del estudio Durbach Block, arquitectos australianos, para idear una casa en la costa de Sydney al considerar la obra del pintor malagueño como una visión pictórica de los espacios y como alternativa para ofrecer una interpretación de la arquitectura orgánica. Hollman House está situada al borde de un acantilado a 70 metros de altura acompañando el paisaje recortado a partir de una disposición arquitectónica que se acopla al paisaje.  En lo recortado del paisaje emerge la edificación, con una serie de espacios vivos que se debaten entre los salientes y los entrantes sobre el mar en comunión con el sol y la costa.

Francisca Zurita Corbacho

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